fiestas

Pasar de vivir en Madrid a vivir a Alicante no parece en principio un movimiento que dé mucho juego para diferencias interculturales, ni para artículos de blog.

Ahh, pero diferencias, haberlas, haylas.

Los momentos cumbre de estupor intercultural que he vivido hasta ahora tienen principalmente que ver con el espíritu festivo del lugar. Algunos hablan y comentan, allá por Castilla, sobre el carácter festivo de los valencianos… Y yo lo encuentro real.

Advertencia: en nuestro caso pasamos de una gran urbe como Madrid a un pueblito muy pueblín de Alicante, con lo que es posible muchas de las diferencias que yo atribuyo a los alicantinos sean diferencias campo-ciudad.

Aquí van mis momentos cumbre estuporiles:

1. Cuando en pleno agosto del año pasado, con ventimuchos de máxima en la noche, tuvimos que atrincherarnos en casa, con las ventanas cerradas a cal y canto y con las persianas bajadas.

¿Y por qué?

Porque aquí tienen la bonita costumbre de, durante las fiestas, despertar al personal a las ocho de la mañana, a petardazo limpio. Lo menos cinco petardos por casa, despacito pero firme.

¿Quiénes?

Los que han pasado la noche de juerga y regresan a dormir a su casa… o se van a trabajar. Y diríamos… bueno, es un día. Pues no: creo recordar que fueron tres o cuatro días seguidos.

2. Menjar en la calle, como si fuera tu casa: los locales acostumbran a reunirse con motivo de las fiestas especiales del santoral o similares, sacando sus propias mesas y sillas y comen juntos en la calle. Paellas, cocas o lo que se tercie. Nuestro estreno fue en fiestas, para un sopar (cena). Aquello era como si de repente hubieran congregado a todo el pueblo en un salón de bodas, pero al aire libre. Por otra parte,  tampoco es que fuera mi primera vez en unas fiestas de pueblo, pero lo de las mesas y las sillas personales y lo de estar todos juntos me cautivó.

3. El último gran momento, el que me ha llevado a escribir sobre la festividad valenciana, fue hace unos días. Llamaron a la puerta, y abrió Adrián, con Nana en brazos. Al poco de hablar con quien había fuera, Adrián me dijo que saliera, que el asunto quizá fuera conmigo.

Al asomarme me encontré a dos señoras mayores en la puerta, una de ellas con un cuaderno grande en la mano. Como buena madrileña, al ver esa escena, una piensa que las dos buenas ancianitas vienen de la iglesia para informar sobre alguna campaña eclesiástica, como el día del Domund o similar.

Pues no, estas dos amables señoras venían a invitarme al Día de la mujer. Una fiesta sólo para mujeres en la plaza del pueblo. No sé por qué, pero sigo sin imaginarme esto del todo en un pueblito de la meseta.

Y que conste que yo estoy encantada con el carácter alicantino, menos con sus petardos mañaneros, pero a veces me siento aquí como una aburrida urbanita castellana…

 

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