De como Mondo y yo decidimos que Chico naciera en Alemania y de cómo nos alegramos después por la decisión

 En el momento de quedarme embarazada, Mondo y yo vivíamos en Alemania, y nos quedaba medio año para nuestro acordado regreso al España. Mi embarazo abrió entonces la posibilidad de postponer el regreso, o de adelantarlo para preparar el parto en España.

Sopesamos las condiciones económicas: Alemania salía ganando claramente, porque estando yo de baja,  podría recibir el primer año de vida de Chico el 67% de mi sueldo. Otra posibilidad era que, en los primeros 14 meses de Chico, Mondo y yo nos alternáramos en su cuidado, recibiendo el 67% de su sueldo la persona que estuviera de baja.

Esto superaba con creces al por entonces existente cheque bebé de 2.000 euros y al escaso dinero que en España recibe un autónomo durante las 14 primeras semanas de vida del bebé.

Sopesamos las condiciones humanas: yo no conocía en absoluto el mundo de los partos, sus vericuetos, ni su belleza ni sus posibles horrores.  Pero no estaba satisfecha con el sistema sanitario de mi país, que me daba desde hacía largo tiempo la sensación de que no consideraba a la persona más que como un numerito o colección de síntomas.

Así que Mondo y yo nos apoltronamos en Alemania, postpusimos 9 meses nuestra vuelta,  y decidimos darle una oportunidad a ese otro sistema sanitario y social y, lo que es casi igual de importante, a esa otra cultura.

Durante el embarazo, me se sentí muy a gusto. Acudí regularmente a clases de yoga para embarazadas, a las que era auténticamente adicta. Pero si hubiera podido, hubiera acudido también a natación, gimnasia, danza del vientre para embarazadas y otras tantas opciones más. En ellas yoga para embarazadas me explicaron cómo cantar las contracciones, cómo mi cuerpo iba cambiando, estiramientos para dolores concretos, cómo alimentarme en el postparto.. muchas informaciones prácticas y siempre respetuosas.

Pude elegir sin problema un ginecólogo que dejaba a mi elección el hacer ecografías o no hacerlas. Las revisiones periódicas eran cómodas y bien organizadas: recibí un “Pasaporte de mamá” en el que el médico anotaba en tablas diversas los resultados de las pruebas. De esta manera, aunque cambiara de médico, mi pasaporte llevaba toda la información al nuevo. Las revisiones se hacían de un golpe, es decir, en la misma visita me analizaban sangre, orina y me veía el ginecólogo. El seguro me cubría también las visitas postparto a domicilio de una comadrona, así no tendría la necesidad de acudir al hospital, maltrecha, o como mínimo cansada.

También me daban la opción de sustituir algunas o casi todas las visitas al gine (las que no necesitaran ecografía; las ecografías creo que eran 3, aunque tampoco imprescindibles) por el control llevado a cabo por una comadrona. No tenías que ir a su casa o consulta: venía ella a la tuya y todo lo cubría el seguro.

En mi caso elegí la opción de tener una Beleghebamme, que es una comadrona a la que conoces de antemano, te acompaña en el hospital el día del parto y viene a tu casa a las visitas postparto. Y para ir conociendo a mi comadrona, empecé a alternar las visitas al gine con visitas suyas, a partir del sexto mes, más o menos.

Por último, el seguro médico cubría también un curso de preparación al parto. Tú podías elegir con qué comadrona hacerlo: había algunas que se dedicaban solo a esto, en espacios propios, otras que trabajaban más ocasionalmente, en centros culturales por ejemplo. Elegí un poco al azar, pero acabé muy contenta con mi curso. Fué un fin de semana en pareja, sábado y domingo, y luego cuatro sesiones más, solo mujeres. Aquella comadrona nos hablaba de qué hospitales eran más respetuosos, de que ella dio a luz en casa a su segunda hija… Qué lejano y ajeno me sonaba todo aquello, pero me daba a la vez buenas sensaciones. Yo lo único que buscaba es que el hospital no hiciera cesareas en masa ni pusiera epidurales como rosquillas, pero lo de parir en casa me parecía de marcianos.

Ah, y el hospital también quedaba a mi elección. Quise parir donde trabajaba mi comadrona, para poder ir con ella, pero hubiera podido elegir cualquier otro hospital. Había a disposición de mamás y papás estadísticas de las cesáreas y demás métodos de cada hospital, y se organizaban charlas de presentación en todos. En concreto, mi hospital me gustaba también porque era IHAN, es decir, perteneciente a la Iniciativa para la Humanización del Nacimiento y el Parto.

Bueno, ¿y cómo fue el parto? Pues sacad conclusiones vosotros mismos…

El día que salía de cuentas, a última hora, empecé a sentir contracciones. No eran de las que te cortan la respiración (de las de parto), pero como no conocía otras, me sentía muy intranquila y apenas pude dormir.  Después de pasar parte de la noche en vela, ya avanzado el día llamé a mi comadrona. Vino a verme su compañera, porque ella libraba ese fin de semana (era domingo). La comadrona intentó hacerme distinguir si mis contracciones eran de las que te doblan o no (de parto o de preparto).  Y aún sintiendo que podían no ser más que contracciones iniciales, yo seguía nerviosa. La comadrona e animó a descansar, me dijo que llevaba 1 cm de dilatación… En fin, que el parto estaba empezando.  Pero con esas noticias no descansé tampoco la segunda noche. A todo esto hay que añadir que a estas primeras contracciones las acompañaba una diarrea que iba en aumento y que me hacía sentir muy incómoda.

Esa segunda noche me acosté y pude dormir, pero ya de madrugada empezaron las auténticas contracciones, las que te doblan, te impiden hablar… Además, no paraba de ir al baño y empecé a tener unas hemorroides tremendas.

Llamamos a la comadrona en cuanto fue una hora más decente y vimos que aquello solamente iba para adelante. Las contracciones eran más frecuentes, más largas… Esas sí que no me dejaban ni hablar, ni moverme…

La comadrona vino y nos recomendó sallir hacia el hospital, porque teníamos unos 25 minutos de taxi de por medio y hacerlos con contracciones más seguidas sería más incómodo.

Las contracciones me seguían doblando, y las respiraba como me habían enseñado en las clases de yoga; sin duda esto era de ayuda, pero la diarrea y sus molestas consecuencias eran un complemento nefasto. Después de ingresar en el hospital, entramos en la sala de dilatación, una sala con bañera redonda, ducha y accesorios diversos para pasar las contracciones, muy amplia. Allí la comadrona me monitoreó y nos recomendó salir a dar un paseo para ver si iba dilatando algo más. Comienzos de la primavera, día soleado (extraño para el lugar): recuerdo aquel paseo mañanero con mis contracciones como algo bastante desagradable. Mondo y yo volvimos al hospital y  fuimos a comer algo, mejor dicho, él comió y yo me fui al wc más cercano.

Volvimos a la sala de dilatación y creo recordar que la comadrona me hizo otro tacto y notó que la dilatación no había progresado. Me sugirió la bañera calentita y fue un alivio, allí paró la diarrea y las contracciones me molestaban algo menos. No recuerdo muy bien porqué pero salí de la bañera. Me sentí entonces muy floja, quizá tenía la tensión baja. Le dije a Mondo que estaba agotada, que no podía más. Fui al baño de nuevo y Mondo, preocupado, comentó con la comadrona la posibilidad de la epidural.

Cuando volví me lo propusieron: epidural mas goteo de oxitocina. Y dije que sí.

Me tumbé, cesó el dolor. Me sentía tremendamente aliviada. Pero a la vez extraña a más no poder: era testigo de cómo mi cuerpo se revolvía, notaba las contracciones como un movimiento lejano y a la vez muy interno. Como si algo ajeno trabajara dentro de mi. Sentía a la vez el alivio de poder descansar, incluso dormitar, en aquella camilla, pero tambien me preocupaba sentir lejano mi cuerpo trabajando, al bebé moviéndose… Y con aquella aguja clavada en la espalda.

La comadrona en este tiempo nos dejó solos a Mondo y a mi. Venía de vez en cuando para controlar los monitores y mi dilatación pero no se quedaba mucho rato. Eso se me hacía extraño. Me había imaginado a una comadrona pegadita mi lado todo el tiempo.

Cuando la dilatación completa empezó a estar cerca, la comadrona me dijo que me pusiera a cuatro patas, encima de la camilla, para que el niño fuera girando y bajando mejor. Por suerte podía hacerlo, supongo que no era una epidural de las más fuertes.

Y al estar ya dilatada, la comadrona me anunció el expulsivo. Fue muy largo, trabajosísimo. A ratos estaba bocaarriba y a ratos a cuatro patas, siempre en la camilla. La comadrona decía que el niño asomaba la cabeza y volvía a salir, que el cordón era corto. Creo que fueron como dos horas empujando y finalmente la comadrona llamó a la médica de guardia, para que “le ayudara”. Año y medio después me enteré de que aquello fue un Kristeller.

Eran las 11 de la noche, por fin tenía a mi bebito encima. Lo pesaron y exploraron en la misma habitación y me quedé con él en brazos, en la camilla, mientras nos bajaban a la habitación. Mondo no se podía quedar porque no habíamos conseguido una habitación doble para nosotros solos. Me sentía tremendamente feliz pero quería que estuviéramos los tres juntos.

Compartí habitación con una chica alemana, que vivía en Italia pero había venido a dar a luz a Alemania. La noche pasó rapidamente, entre visitas al baño (pude andar, algo extraña, pero desde el primer momento), intentos de dormitar y alguna que otra conversación con mi compañera, que me hacía sentir menos sola.

Hubo un momento, al poco de llegar a la habitación, en que una de las enfermeras se llevó al bebé para vestirlo. Pasaron 3 o 4 minutos y me sentía fatal, sabía que tenían que andar cerca y fui a buscarle. Creo que esa fue la única ocasión en que nos separaron, pero no la olvidaré nunca.

Al día siguiente, temprano, volvió Mondo.  Pasamos el día en una nueva habitación que conseguimos para estar juntos. Si no, les dijimos, nos íbamos a casa. Porque existía la posibilidad de abandonar el hospital al cabo de unas horas, si madre e hijo estaban sanos.

Ese día llevamos a Chico a la primera revisión, que fue allí mismo, en una sala contigua del hospital. Siempre en nuestra presencia.

Al ser un hospital IHAN, en los papeles que rellenamos previos al parto se interesaron por saber si quería dar de mamar, cuánto tiempo etc. Y la mañana siguiente a que Chico naciera se presentó una asesora que me entregó unas hojas informativas sobre la lactancia. También revisaron la posición en que mamaba Chico y vieron que tenía algo de frenillo. Nos preguntaron si queríamos que se lo cortaran y les dijimos que sí.

Pese a todo el asesoramiento, yo no tenía claro que dar de mamar pudiera doler tanto y que el niño tuviera que hacerlo con tanta frecuencia… De algún modo me resistía e intentaba calmarle de otros modos, paseándole por ejemplo. Entonces, ya la segunda mañana día, Chico dejó de querer mamar, y comenzó a dormir y dormir. Fueron tres o cuatro horas, quizá algo más, hasta que aparecio la asesora mayor para vernos antes de que irnos a casa. Nerviosa, me informó de que el niño tenía que mamar como fuera, que era muy peligroso su estado de sopor. Chico no parecía interesado más que en dormir. Nos angustiamos. Finalmente le dio de mi leche con una jeringa pequeña y Chico se despertó un poco y comenzó a mamar de mí. Cómo dolía aquello.

Abandonamos esa segunda tarde el hospital, con el compromiso expreso de intentar que Chico mamara cada dos horas mínimo, y jamás decirle que no, aunque doliera. Al poco de llegar a casa empezó a engancharse con fuerza y recuperar vitalidad. Y yo a tener unas heridas terribles.. pero eso es otra historia, que por suerte no fue larga.

Cuando hacía balance del parto, en meses posteriores, me alegraba una y otra vez de que Chico no hubiera nacido en Madrid. Me imaginaba cesarea segura. Ahora no sé si hubiera sido así, porque hubiera quizá buscado con tal ímpetu alternativas que hubiera dado con EPEN (El parto es Nuestro) y con las, por entonces escasas pero existentes, alternativas madrileñas.

No lo sabré. Pero sí que sé que un primer parto siempre es algo nuevo y desconocido, al menos en nuestra sociedad, donde nacer nos es algo ajeno hasta que nos toca dar vida.

También sé que hubiera necesitado leer a Michel Odent. Quizá él y el respeto y la distancia que me ofrecían los profesionales de Alemania hubieran hecho posible un parto distinto.

Por eso ahora, siempre que veo a una amiga embarazada ligeramente inconformista, le regalo “El bebé es un mamífero”.

 

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