A finales de diciembre dejamos Alicante, la casa donde habíamos vivido de alquiler los últimos dos años totalmente vacía y solamente unas cuantas cajas en casa de una amiga. Pasamos dos semanas en Madrid y volamos a Bangkok.

Ahora llevamos casi un mes en la isla de Koh Phangan.

Sé que algunos os preguntáis si esto de vivir en movimiento es algo que podríais hacer y que tenéis curiosidad por saber cómo funciona.

Por eso, tras más de un mes de nomadismo digital en familia, aquí va nuestro balance y reflexión de esta primera fase.

La montaña rusa de salir de la zona de confort

Las dos semanas en Madrid, entre preparaciones finales y encuentros con la familia y algunos amigos se nos pasaron rápido.

En Bangkok nos encontramos de golpe y plumazo con una ciudad sofocante, ruidosa, sucia y muy oriental. Aunque también tremendamente interesante.

Pero el verdadero choque vino después, cuando aterrizamos en Koh Phangan y tocó continuar la vida de siempre pero en un lugar totalmente distinto y con personas totalmente distintas.

Porque lo nuestro no es un viaje estilo vacaciones en el que pasas el día saltando de un lugar a otro, de estímulo en estímulo, de novedad en novedad.

Nuestro viaje consiste en portear nuestra casa como caracoles, nuestras rutinas diarias (horarios de trabajo, comidas, deporte, juego…) e irlas adaptando al lugar donde estemos.

Para aterrizar elegimos como destino un resort donde un grupo muy numeroso de familias de habla alemana, procedentes de Austria, Alemania y Suiza han decidido acudir para hacer una comunidad temporal de familias nómadas digitales (o no).

He de reconocer que para mí las primeras semanas han sido una auténtica montaña rusa de emociones, que apenas me han dejado sentarme a escribir sobre nuestro viaje o siquiera plasmar con fotos más explícitas lo que estábamos haciendo.

He experimentado, con mucha intensidad, como, aparte de la maleta y la mochila con mi ordenador tengo todavía otra maleta más con mi historia personal, mis manías, mis miedos y un largo etcétera.

Ahora ha pasado un poco la tormenta y soy capaz de ver claramente cómo aquellas dificultades con las que me he encontrado al principio son temas en los que todavía tengo que observarme y trabajar. O quizá simplemente aceptar.

Para Adrián han sido también unas cuantas semanas de descoloque, duras en algunos momentos de adaptación (comidas, trabajo, relaciones sociales). Pero él afirma que le ayuda pensar que teniendo claro el objetivo todo acaba saliendo, que es simplemente cuestión de estar ahí.

Haciendo click en la siguiente imagen puedes descargarte el mini-ebook con los errores que hemos cometido viviendo, trabajando y aprendiendo en libertad:



¿Pero merece la pena vivir en comunidad en Tailandia?

Quizá alguno de vosotros se plantee si merece la pena trasladarse tan lejos de casa para acabar conviviendo entre iguales, en este caso europeos.

Para nosotros merece la pena sin duda. Por una parte, climatológicamente sería imposible hacer lo que estamos haciendo aquí en Europa. Tenemos alquilada una habitación-casita en un resort pero pasamos el 90% del día fuera, al aire libre. Ahora mismo estoy escribiendo desde el restaurante del resort, mientras los niños corretean jugando por todo el espacio exterior.

Por otra parte cambiamos de idioma y de cultura, aunque sea europea.  Y no solamente estamos con las familias alemanas, también hemos conocido a unos cuantos worldschoolers de otras partes del mundo.  Y cuando salimos del resort estamos… en Tailandia 😉

Además: nos está gustando mucho conocer y ver en primera persona a otras familias con vidas como la que tenemos ahora y que llevan así más tiempo.

De todas maneras estoy preparando un post donde contaré más a fondo la experiencia de esta comunidad temporal, allí podréis tener más detalles de cómo funciona y de lo que puede aportar.

Los niños

Chico y nana se han alegrado mucho de volar y han disfrutado de la experiencia de aterrizar en un lugar tan distinto.

Montar en moto, tener una piscina disponible las 24 horas del día.

Ranas que se te meten en la habitación, monos que se acercan a la terraza del bungalow de al lado a robar plátanos.

Varanos en el río que queda a dos metros de la habitación, cascadas rodeadas de selva.

Hogueras a la orilla del mar, olas, tormentas, serpientes y todo tipo de animales “extraños”…

Disfrutan de lo desconocido  o desacostumbrado como si les fuera la vida en ello.

Mientras tanto, vamos reconociendo su necesidad actual de esquemas y de lugares conocidos. Una vez que llegan a un lugar y lo sienten suyo prefieren pasar en él la mayor parte del día. Y si salen prefieren acudir a lugares en los que ya han estado y les han gustado. No se suelen interesar por excursiones a lugares que los adultos prometemos muy especiales a no ser que acudan niños a quienes estiman.

Como en el caso de los adultos, los patrones y las necesidades básicas de cada uno quedan más al descubierto.

No doy por hecho que este esquema de buscar lugares conocidos sea común a todos los niños, ni tampoco que sea algo que se de a la larga, pero hablando con otras familias de por aquí he escuchado de varios casos donde se da la misma situación.

Otra necesidad que ya conocíamos es la de jugar con iguales. Las primeras semanas han sido difíciles, porque les ha costado integrarse en un grupo muy numeroso de niños que hablan otro idioma del que apenas saben unas cuantas expresiones. Sin embargo, desde hace unos 5 o 6 días han comenzado a conectar con un par de niños y a interactuar ellos solos.

Esto supone un gran cambio para todos. Nos alegra mucho, porque pensamos que se abra esta puerta es muy importante.

Otra cosa que he observado, especialmente en Chico, es que es más capaz de iniciar el juego sin palabras, de crear complicidad con niños sólo con gestos, miradas.

Idioma

‘plain rice’, ‘how much’, ‘no ketchup’… expresiones habituales que los niños ya conocen, aunque no se atreven a repetir.

‘vamos’, ‘ven conmigo’, ‘voy a la piscina’… expresiones que Chico ya usa en alemán. Pero sobre todo: ya es capaz de estar sólo con niños que hablan otro idioma sin sentirse impotente.

Es interesante ver cómo va perdiendo la vergüenza (que al principio no le permitía decir apenas cosas) y se suelta más a hablar.

Yo a ratos me trabo con el inglés, mi mente está más en modo alemán, me cuesta cambiar y suelto palabros. Sin embargo, reconozco que el inglés necesario aquí es súper básico, porque tal y como lo hablan los locales es muy sencillo; a veces casi es más fácil expresarse a lo indio ;-).

En cualquier caso, estar rodeados de tantos idiomas es toda una gozada.

Organización del día

Tras la primera semana, la más caótica de todas, decidimos que Adrián trabajara sobre todo por la tarde, a partir de las 15, para coincidir más con los horarios españoles. También se levanta pronto y aprovecha un par de horas más antes de que los niños se despierten.

Yo me levanto temprano y le echo un rato al blog por la mañana, como hasta las 12. Y a mediodía hacemos algo juntos.

Los fines de semana son en principio más de relax, excursiones más largas, etc. Aunque yo aprovecho también a ratos para darle empujones al blog.

Este es el esquema que hemos encontrado aquí y ahora en Koh Phangan. Pero cuando cambiemos de lugar, a más tardar en 3 semanas, quizá nos reorganicemos.

Le he pedido a Adrián que escriba algo sobre la organización del trabajo cuando estás en movimiento, así que a ver si pronto tiene algo interesante que mostrarnos.

Trabajo- cuando la energía viene de fuera

Para bien y para mal. En mi caso siento que mi estabilidad emocional influye en mi creatividad y en mi trabajo. Por eso ha habido días en los que me ha resultado realmente difícil escribir ningún post personal, ni siquiera una newsletter.

Por otra parte, el estar rodeados de nómadas supone una inspiración y una fuente de información para Irabela’s muy grande. Que estoy empezando a aprovechar.

En breve comenzaremos a tener entrevistas con familias nómadas que seguro que tienen mucho que enseñarnos.

La pasta o la vida

La de veces que habré pensado que nuestro primer destino tendría que haber sido Italia. De hecho ahora es una broma entre nosotros. ¡Tendríamos que haber empezado por Italia! ¡Con lo fácil que habría sido estrenarnos allí con los niños, desde el punto de vista culinario!

No voy a negar que el tema de la comida no era fácil ya en casa. Y más si pensamos en términos de intentar evitar harinas blancas, azúcares, aditivos y comida industrial, que es mi intención.

Ahora durante el viaje hemos soltado bastante la mano en cuanto a estos límites porque los niños demandaban comida más conocida, y esta aparece en forma de la típica comida infantil: espaguetis, hamburguesas, sándwiches, patatas fritas, arroz blanco…

Aunque me resulta difícil y sé que no es sano a la larga, tengo la esperanza de que poco a poco vayan descubriendo el encanto de los noodles de aquí, del arroz en sus diversas presentaciones, de algún que otro rollito primaveral…

Y sobre todo espero contar con una cocina en nuestro siguiente destino (aquí no tenemos), para poder cocinar algo yo, aunque sean cosas simples. Aunque por aquí lo cocinan todo fresco y en el momento, no dejan de ser a veces platos muy grasientos y casi siempre con el dichoso glutamato monosódico, que literalmente no soporto.

Decir, eso sí, que en cuanto a la fruta no tenemos problemas 😉 y vamos descubriendo un mundo de posibilidades.

Economía

Si partimos de que somos slow travelers, es decir, de que pasamos un mínimo de tres semanas en cada lugar, vivir en movimiento por el Sudeste Asiático no nos está saliendo más caro que vivir en Alicante, pero tampoco mucho más barato.

De alojamiento pagamos lo mismo que pagábamos en nuestro pueblito de Alicante (sin luz y calefacción, eso sí). Aparte pagamos la limpieza de la ropa, la comida y la moto/coche.  Y vuelos. No pagamos, eso sí, escuela o “espacio educativo”.

Y seguimos manteniendo nuestro coche en España (ese sería el único gasto fijo desde España)

Otros gastos con los que también hay que contar viajando son el seguro médico, alguna que otra medicina aparte que comprar (por ejemplo el otro día tuve que comprar unos probióticos y salían a 1 euro por pastilla).

El cálculo que hemos echado (y coincidimos en él con otra familia que también lo ha hecho) es que como familia con dos hijos, en Koh Phangan (las islas son más caras que el resto del país, por ejemplo que el norte) necesitas aproximadamente dos mil euros al mes, esto sin contar vuelos).

Hasta aquí nuestra primera crónica. Desde Koh Phangan en vivo.

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