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Yolanda (ex-ejecutiva madrileña), su pareja, Isidro (ex-camionero) y su hijo adoptado en Malí, Aman, de cuatro años, dejaron su vida burguesa en Vitoria, hace ya tres años, en búsqueda de una educación más respetuosa para su hijo y de un trabajo que realmente les llenara.

Ahora son padres unschoolers que viven en el campo, en la provincia de Alicante. Desarrollan un proyecto familiar que combina alojamientos vacacionales en yurta, actividades de tiempo libre, carpintería y acompañamiento en educación libre a padres y maestros.

Si les preguntas, dirán que su vida no es perfecta, pero que están encantados con el cambio y no darían marcha atrás.

¿Quieres conocer su historia?

Cerrando una etapa

Septiembre de 2013. Yolanda, Isidro y Aman cerraban la puerta de su piso de Vitoria y ponía fin a su larga etapa (más de 20 años) viviendo en el País Vasco.

Isidro, vitoriano de nacimiento, cogía el volante de un pequeño camión con la mayoría de sus pertenencias.

Yolanda, con Aman en el asiento trasero, conducía su Citroen y ponía también rumbo al sur, hacia un pequeño pueblo de la Marina Alta.

Allí les esperaba una nueva vida, en torno a un proyecto educativo, Ojo de agua, que les había llamado mucho la atención y que suponía una ocasión de dejar su vida anterior, con la que no estaban satisfechos.

Yolanda, madrileña y educadora infantil de formación, y de corazón, había emigrado hacía dos décadas al País Vasco, siguiendo a su pareja de entonces. Al llegar a Vitoria se encontró con la realidad de no poder ejercer su profesión, por no hablar euskera.

Entonces decidió reciclarse: estudió Empresariales y tras diferentes experiencias profesionales se asentó en el departamento financiero de una multinacional de tamaño mediano. Allí coordinaba a un equipo de cinco personas y disfrutaba de su trabajo, le gustaba entregarse y hacerlo bien.

Paralelamente, en su tiempo libre, llevaba a cabo una frenética actividad en proyectos sociales y fotográficos: gestionaba junto a un amigo todos los proyectos fotográficos alaveses, muchos de ellos en colaboración con el ayuntamiento de Vitoria y con la finalidad de ayudar a grupos de mayores y jóvenes de pisos tutelados.

Con el tiempo, ya junto a Isidro, comenzó a viajar los veranos a Brasil para trabajar igualmente con los niños, los jóvenes y la fotografía.

Conforme pasaban los años, esta actividad paralela a su trabajo, llevada a cabo en un entorno tan distinto al de su empresa y al de la Vitoria más burguesa, le hizo ir viendo cada vez más claro, que no estaba a gusto con ninguna de las dos cosas, ni con la ciudad ni con las dinámicas de su empresa. Especialmente los viajes a Brasil suponían para ambos una rutina de choque que, poquito a poco, sembraba las semillas del cambio en su vida.

Y llegó Aman, su hijo adoptado.

Decidieron adoptar por elección, no por incapacidad para tener hijos biológicos.

Yolanda no acababa de sentir la llamada biológica. Por otra parte, los niños habían sido siempre una de  sus pasiones. Valoraron pros y contras de sus dos opciones (embarazo y adopción). Pero ya estaba escrito.

Así fue como decidieron ir a buscar a Aman, a Malí.

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Aman, la piedra de toque

Fueron a recogerle en mayo de 2010, cuando él era apenas un bebé de 7 meses. Se quedaron en Malí un mes, para conocer ellos el país de origen de Amán y para que la transición para el bebé fuera más suave.

Después, tenían claro que uno de los dos iba a quedarse en casa con él. Decidieron que Isidro renunciara a su trabajo y se quedara con Aman por las mañanas, disfrutando de ello y de tener más tiempo libre.

Yolanda solicitó una jornada intensiva y dedicaba las tardes a Aman.

A partir de entonces su actitud en la oficina cambió radicalmente. Ya no soportaba de ningún modo el funcionamiento de su empresa. Tenía claro que sus días allí estaban contados, pero, por otra parte, carecía de opciones alternativas de trabajo y ese abismo le daba vértigo…

Por esa época, dedicaba horas y horas en internet a la búsqueda de maneras de criar y educar distintas a la convencional. En ellas encontró un curso para padres de la Fundación Laura Luna, que les puso en contacto con el conocimiento de Mauricio y Rebeca Wild.

Viajaron a Ecuador y estuvieron un mes en El león dormido. A la vuelta, ya en contacto con más familias en búsqueda de una crianza respetuosa, decidieron que Aman acudiera por las mañanas a Basotxo, un espacio educativo alternativo que les daba la confianza suficiente.

A los pocos meses, Yolanda fue despedida de su trabajo. Lo primero que hizo al sentirse libre fue decidirse a acompañar a Aman en su espacio educativo. Quería compartir las mañanas con él, mientras aprendía in situ otros modos de gestionar su relación.

Pero se encontró con que los padres no tenían nada que decir en la gestión del proyecto. Ella no estaba de acuerdo con esto y además sentía la necesidad de volver al terreno de la educación.

Primavera de 2013. Yolanda y su pareja sin trabajo, pero con miles de ideas de posibles proyectos, que bailan en su cabeza.

Necesitados de un espacio educativo para Aman pero incapaces de encontrarlo en Vitoria.

Se plantean dos opciones, salir -por fin- de la ciudad y asentarse en algún pueblito del País Vasco -sus paisajes les encantan- o abandonar la zona, mirar más lejos.

En ese dilema estaban, cuando una amiga le propuso a Yolanda que acudiera con ella a las jornadas para padres que organizaba la escuela libre Ojo de Agua, en Alicante. No se lo pensó dos veces.

Volvió a Vitoria encantada y decidida, e Isidro, en cierto modo también deseoso de salir de su ciudad, y contagiado del entusiasmo de Yolanda, le dijo:

“Si hay que ir allí a vivir, se va”

Y así fue como, en septiembre de 2014, Chico y yo veíamos llegar, desde la ventana de nuestra nueva casa (llevábamos allí apenas 3 meses) a nuestros nuevos vecinos.

Han pasado justo tres años desde entonces, y Yolanda, Isidro y Aman siguen viviendo en la comarca de la Marina Alta, en Alicante, a algunos kilómetros del espacio educativo Ojo de Agua, que los atrajo como un imán.

Aman acudió durante seis meses a Ojo de agua. Fue una buena experiencia para toda la familia; sin embargo, ellos buscaban un proyecto más participativo y que integrara en él la economía de las familias, un proyecto integral al estilo de El león dormido.

Al poco se cruzó en su camino, Educar es Amar, otro proyecto de la zona, con apenas meses de vida. Yolanda vio la oportunidad de participar en su proceso de creación y no lo dudó. Fue un año de trabajo personal y de grupo muy intenso, que tristemente finalizó con la disolución del proyecto.

 Actualmente la familia de Aman hace unschooling, junto a otras de la zona.

El valle

Vivir en este lugar les encanta; ha significado para ellos un desahogo. Aquí sienten que pueden vivir la vida que quieren sin que nadie se lo impida. Es un entorno con decenas y decenas de familias en la misma situación que ellos, en proceso de cambio de vida, con deseos de hacer las cosas de otro modo, en especial en lo que respecta a la relación con sus hijos. No en vano, lo que atrae a la mayor parte de estas familias al lugar es el propio Ojo de Agua, como en el caso de Yolanda e Isidro.

Entre estas familias, Yolanda encuentra que se establece una especie de comunidad, debida a estos intereses comunes. Un ejemplo muy claro para ella son los huertos comunitarios, frecuentes en la zona. Tener un huerto propio es fácil, porque las tareas se llevan a cabo entre todos, se investiga entre todos qué variedad de plantas cultivar, qué método (ecológico, por supuesto) emplear… y mientras tanto los niños juegan en los espacios que, entre todos, se han habilitado.

Además los huertos son el reflejo de la facilidad que ofrece el entorno para pasar de lo urbano a lo rural, para que quien se sienta urbanita pueda, aun así, participar plenamente de los procesos de vida en el campo, huerto incluido.

¿Idílico? Pues en parte sí y en parte no tanto. No es que no sientan que el entorno no les juzga, pero sí que no crea conflicto. Los lugareños pueden verles como raros, pero ahí queda la cosa.

Y, súper importante: entre los que llegan de fuera se sienten afines y pueden compartir sus procesos de cambio.

Kurukan: el cambio se materializa

Estos tres años han supuesto un cúmulo de experiencias para Yolanda, Isidro y Aman.

mirando-con-lupa

A través de ellas y gracias al tiempo que se han podido tomar para ahondar en sus auténticos intereses han podido descubrir cómo generar un proyecto económico viable para la familia.

Yolanda como acompañante de procesos educativos, a través de la educación creadora, Isidro como carpintero y creador de juguetes y materiales educativos y el propio Aman como motor de ambos, son el triángulo perfecto que constituye Kurukan.

Kurukan es para ellos el maravilloso fruto de haber podido seguir sus pasiones. En especial su gran pasión, Aman.

En este otro post continuamos conociendo el proyecto Kurukan y a Yolanda, Isidro y Aman. Trata de una forma muy especial de viajar que he bautizado como el “viaje a la inversa“. El viaje a la inversa puede permitirnos viajar sin movernos y sin gastar ni un euro (incluso ganándolos ;-)).

¿Qué os ha parecido?, ¡¡nos vemos en la zona de los comentarios!!

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