Camino llorando entre los campos de arroz del centro de Ubud.

Es ya de noche. He prometido a los niños que volvería pronto al hotel y que cenaríamos juntos.

Llevamos una semana en Ubud, Bali. La ciudad y sus alrededores me fascinan. Sus campos increíblemente verdes, sus innumerables templos, los sonidos, los olores… Muy inusuales para mí, pero a la vez tan agradables…

Me encantaría conocer más a fondo este lugar. Vivirlo. Desearía que pasáramos aquí todo el mes, las 4 semanas que nos permite el visado. Que paseáramos entre los campos de arroz, en moto por la ciudad, que visitáramos algún templo, que viéramos bailar…

Pero me temo que va a ser difícil.

Me siento impotente y muy triste.

Siento que estoy en medio del paraíso y que no puedo tocarlo.

En los últimos días el futuro de nuestro viaje en familia es cada vez más incierto.

 

 

Viaje en familia

Hacía dos meses que habíamos dejado España y volado a Tailandia. Llevábamos 3 años y medio viviendo en un pueblo en el sur de España, en el Mediterráneo. Habíamos decidido viajar 6 meses por Asia y buscar después otro lugar para tener como base y viajar desde allí.

Los adultos deseábamos y necesitábamos ver otros lugares, estar en contacto con otros impulsos, otras maneras de vivir, otras ideas…

Vendimos casi todo lo que teníamos y salimos a viajar, dirección Oriente.

Pasamos los dos primeros meses de nuestro viaje en Tailandia en un encuentro de coliving y coworking en la isla de Koh Phangan. Allí tuvo lugar nuestro primer contacto con Asia y con la comunidad viajera de habla alemana. Una experiencia muy enriquecedora. Con muchos altibajos también, pero en general una experiencia muy buena para todos.

Nuestros hijos también tuvieron allí muchos altibajos. Echaron de menos su casa, sus amigos, la escuela libre a la que acudían, sus entornos de confianza. El pueblo donde podían disfrutar de mucha libertad y autonomía.

En el encuentro de Koh Phangan también había muchos niños. Muy cerca. Pero también muy lejos, porque hablaban otro idioma, del cual ellos sólo pronunciaban un par de palabras.

Pero aprendieron alemán a la velocidad del rayo, se adaptaron e hicieron amigos. Descubrieron el entorno y se hicieron a él.

El viaje continua

Tras dos meses en Tailandia quisimos continuar nuestro viaje. La comunidad temporal de Koh Phangan casi había desaparecido ya y quisimos ver más mundo. Otro país.

Habíamos oído hablar muy bien de Bali. Sobre todo que allí había muchas familias viajeras.

Llegamos a Bali, nos buscamos un hotel y quisimos continuar nuestra vida nómada.

Vida nómada significa para nosotros vivir viajando: trabajar viajando, acompañar a los niños viajando, descubrir juntos el entorno y aprender de él… Aunar apaciblemente las necesidades de todos a menudo nos había resultado difícil en Koh Phangan. Pero de algún modo lo habíamos logrado.

Hasta que llegamos a Ubud. Allí nuestros hijos se sintieron totalmente perdidos, infelices:

– Ya no tenían amigos o niños con los que jugar a diario o por lo menos con frecuencia.

– Nuestro hotel (mala elección) no les ofrecía un espacio donde explorar: era demasiado reducido y muy cuidado, no apropiado para ellos.

– A pesar de todo no querían apenas salir de él. Era su lugar seguro en un lugar desconocido.

– Estaban simplemente cansados del viaje. No tenían ganas de hacer nada nuevo, de ir a visitar nada, de dar ningún paseo… Sólo deseaban su vida de antes.

– Sólo se quejaban y lamentaban. Se sentían tan inseguros que me necesitaban a mí constantemente a su lado. No me permitían irme lejos. Y apenas ponerme a trabajar a su lado con el ordenador.

A grandes males, grandes remedios

Fue el 22 de marzo de este año. Nunca olvidaré ese día.

Hacía exactamente 10 años Adrián y yo comenzábamos a estar juntos.

Esa mañana nos habíamos levantado temprano. Queríamos hablar y decidir cómo continuar el viaje. Con semejante desesperación en los niños casi lo único que nos quedaba era volar de vuelta a España…

Por una parte entendía muy bien a mis hijos. Ellos ya eran libres y felices en nuestra vida de antes: ¿para qué necesitaban un viaje por Asia?

De niña seguramente hubiera deseado tener una vida como la que ellos tenían en Alicante.

Yo nunca tuve una vida así. Y había arrebatado esa vida a mis hijos.

No me sentía bien. Lloré por primera vez esa mañana.

Pero no sé si lloraba por mis hijos o por mí.

Después consideramos otra posible solución: ¿Y si nos juntáramos con otra familia para viajar juntos? Teníamos un contacto de Koh Phangan, una familia con tres niños con la que nos habíamos entendido muy bien.

¿Y si ambas familias nos uniéramos a otra más, que estaba organizando un coliving-coworking en Bali?

Mientras hablábamos de nuestra situación, la tierra habló también.

Fue el primer terremoto de mi vida.

Y la segunda vez que lloré esa mañana.

Luz

Sí, la familia con tres niños, nuestra querida Maike, con Levi, Nuri y Noëmi, quiso unirse a nosotros.

Sí,  la familia que estaba organizando el coliving-coworking, nuestros queridos Antje y Boris, con Nolan, se alegró mucho de que ya fuéramos a ser cuatro las familias que integraríamos el coliving.

Diana y Bob, con Ella, a los que conocíamos ya de Koh Phangan, estarían allí también. Y nos alegrábamos mucho de verlos de nuevo.

Dos semanas después estábamos todos juntos en Amed, en la costa este de Bali.

Los caminos de 7 adultos y 7 niños se cruzaron y convivieron en un resort durante un espacio de tiempo entre 4 y 6 semanas.

Era un resort más bien pequeño, pero con el espacio y la actitud apropiada para que los niños pudieran explorar. Cada familia ocupaba un bungalow.

A la tarde nos solíamos encontrar en la playa, muchas veces cenábamos juntos, se hacía deporte por las mañanas, de vez en cuando se organizaban excursiones, se comenzó un círculo de mujeres…

Pero lo más importante es que simplemente se vivía. Que los siete niños tenían espacio y tiempo para ser niños: jugar, explorar y volver a jugar.

Los miedos y desesperación de nuestros hijos desaparecieron tan pronto como comenzamos a vivir con otras familias con niños.

Se sentían bien. Se alegraban de levantarse y tener a sus amigos ya a la puerta de casa.

Nosotros también nos sentíamos bien. Pudimos intercambiar impresiones sobre nosotros, sobre viajar por el mundo, sobre los niños, sobre el trabajo…

Pudimos continuar trabajando en nuestra página de Irabela’s-Familia en movimiento, a la vez que aparecían muchas nuevas ideas.

Pasamos cuatro semanas en Amed. Nos hubiéramos quedado otras cuatro. Porque nos sentíamos genial.

Ese lugar era simplemente lo que habíamos necesitado para continuar nuestra vida nómada por Asia: un espacio donde sentirnos seguros, donde continuar creciendo. Con personas de confianza y con las que conectábamos.

Hoy, justo un mes después de haber dejado Amed puedo decir que los coliving-coworking son para nosotros casi la única manera que nos planteamos para continuar viajando por Asia.

Por nuestro carácter y por nuestras necesidades. Necesitamos un espacio de confianza e ir despacio. Slow traveling. Por eso un espacio de coliving-coworking es la mejor solución para nosotros.

Es la luz de nuestra vida viajera.

Repetiremos seguro.

¡Nos vemos por el mundo!

 

 

 

 

 

 

Con este post quiero agradecer a Antje y Boris (www.nooba.co)  y a Lara y Oli (www.diehorlachers.com) el que hayan creado espacios, oportunidades para que familias nómadas con niños hayan podido y puedan encontrarse.

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