el juego de la vida

Hace un par de días, unas amigas que preparaban una charla sobre la Educación Creadora de Arno Stern y para ello estaban haciendo un montaje de vídeo con diferentes preguntas sorpresa me plantearon lo siguiente:

1.    Que recordara un momento de juego de la infancia que me fuera especialmente agradable: recordé cuando con jugaba a saltar en las camas con mis hermanos.
2.    Que pensara qué sensación me producía ese juego: libertad, alegría, felicidad.
3.    Que buscara momentos (si los hay) actuales en que me siento como en ese juego: me imaginé bailando en alguna ocasión (no abundan) en que realmente me dejo llevar por la música, por las circunstancias o por mí misma.
4.    Que me planteara qué necesitaba para poder sentirme así y lograr ese tipo de juego actualmente: pensé en cierta música, compañía amigable, cierto estado de ánimo…

Me parecieron unas preguntas muy bonitas pero me dejaron un regusto algo amargo. Decidí que en algún momento (próximo) de mi vida tenía que incluir alguna cama elástica en mi casa, para poder saltar como cuando era pequeña. Y pensé en buscar más momentos para bailar libremente…  También pensé en hacer más paralelismos con mis juegos de infancia y tratar de jugar más en el día a día. En definitiva, pensé, nunca dejamos de ser niños y necesitamos jugar, aunque a unos nos salga con más dificultad que a otros…

Pero mi mayor sorpresa y motivo de reflexión fue cuando, al llegar a casa, le planteé estas mismas preguntas a Mondo, mi pareja. Él recordó algún juego como el stratego o el risk y afirmó contundente que él se sentía del mismo modo todos los días, especialmente mientras trabajaba.

No me lo esperaba. Pero enseguida le vi mucho sentido. Afortunado Mondo.

Y afortunado Chico. Porque mi mente visionó el espacio educativo de mi hijo, un entorno preparado y acompañado donde pasa la mañana dedicándose a jugar. Dispone de un amplio espacio exterior en plena naturaleza y de un espacio interior donde si lo desea puede llevar a cabo un juego más físico o puede también disfrazarse, dibujar, leer cuentos, jugar con materiales estructurados… En definitiva, tiene la posibilidad de satisfacer todas sus necesidades de juego que, de modo natural y si existe apoyo  e infraestructura, van evolucionando conforme la persona crece y se hace adulta (y por supuesto sigue jugando). Y con ese juego, que no tiene por qué estar exento de esfuerzo y/o dificultades es como se acabará ganando la vida.

Y así la vida es juego.

Y os preguntaréis qué pasa con los conocimientos, con la actividad intelectual. Pues es que estoy metiéndolo todo en el mismo saco. Si hay algún@ de vosotr@s que no ha visto la película documental La educación prohibida le recomendaría que lo haga urgentemente. Porque en ella aparece plasmada una idea que encuentro muy importante: que estamos diseñados para aprender, no hace falta que nadie nos obligue ni fuerce. Porque en aquellas actividades en que ponemos nuestro interés auténtico el aprendizaje se da de modo realmente intenso y duradero. Esto no implica necesariamente no necesitar esfuerzo para aprender lo que sea motivo de interés, pero sí que el esfuerzo pasa a un segundo plano y no es tomado como algo negativo o pesado. Tampoco quiere decir no llevar a cabo ningún estudio universitario o reglado, sino sólo hacerlo si de la persona parte auténtico interés y motivación.  En definitiva: jugando.

Gracias, amigas juguetonas, por recordarme y recordarnos que las herramientas del juego de la vida están en nuestro interior. Y tod@s, absolutamente tod@s, las tenemos. Algun@s como yo quizá un poco oxidadas…

Y ahora os lanzo unas preguntas… ¿Recordáis juegos gratos de infancia? ¿Tenéis la suerte de disfrutar y jugar en el día a día? ¿Disfrutáis de vuestro trabajo como si fuera un juego?

 

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